Qué
Artista Del Hambre (aka ADH) se ve a sí mismo como una mutante colección de ropa. Una colección de artículos y modelos, algunos experimentados y otros vírgenes, difíciles de conseguir en sus respetivos momentos, y hoy, imposibles. Una colección que en ningún caso equivale al conjunto de frutos que llenan la canasta de la Caperucita Roja en su paseo por el bosque, sino más bien al resultado d
e una búsqueda que vuelve a levantar la pregunta por la difusa frontera entre el descubrimiento y el invento. Artista Del Hambre trae entonces esta colección compuesta nada más que de marcas icónicas para ofrecerlas en un mismo ambiente textil diseñado a la usanza de las tiendas que se están o se podrían estar llevando en Berlín, Nueva York, Londres, Nueva Delhi y Copenhagen. Poniendo todos los focos en la ropa, los zapatos y los accesorios, Artista del Hambre emprende una reconstrucción de clásicos de la más legítima cultura pop mundial, saldando con esto, como antes hiciera la comisión Valech, una deuda histórica de esta fértil provincia. Dicen presente en ADH marcas Lanvin, Belstaff, Hermes, Marc Jacobs, Barbour, Paul Smith, Filson, Paul and Shark, y Mcqueen disponiéndose a llenar este armario comercial para deleite y goce del público más curtido. Vendemos solamente clásicos que coquetamente asumen a veces el cuerpo rígido y altanero de trajes y blazers, otras veces el carácter festivo de unas botas de lluvia fosforescentes y otras tantas consienten en tomar la forma de anteojos, corbatas, relojes y polainas. Como el país donde arbitrariamente se abrió, ADH es atendida por sus propios dueños. Porque creemos que todas las demás soluciones para el hombre y la mujer modernos se desvanecieron en el aire, que el universo está en silencio y que sólo rendirnos a la ropa nos permitirá aguantar dignamente los tiempos que corren. Es mejor que la ropa se encargue de llevarnos a nosotros, como alguna vez hicieron nuestros padres. Nos gusta la idea de estar cerca, pero no en Lastarria. Nos gusta el público del centro, los abogados de la plaza y las señoras que pasean. Nos gusta estar entre Dicom y los sex-shops, a los pies del cerro Santa Lucía, y sentirnos huérfanos, pero protegidos, como cualquier zapato que haya perdido un dueño y ganado un hogar en ADH.