21/08/2026
La piedra que esperaba bajo la montaña
Muzo, Boyacá. 1984.
A las cinco de la mañana la montaña todavía estaba cubierta por una neblina espesa.
Desde la pequeña casa de madera donde vivía, Efraín Rojas podía escuchar el río golpeando las piedras en el fondo del valle. Tenía treinta y siete años, unas botas de caucho remendadas tres veces y una pala que había pertenecido a su padre.
También tenía una costumbre.
Antes de salir hacia la mina, tocaba con la mano la tierra del patio.
—La montaña sabe quién viene con respeto —decía.
Su esposa, Mercedes, se burlaba.
—Pues dile a la montaña que llevamos tres meses debiéndole plata a don Jacinto.
Efraín sonreía, tomaba su mochila y comenzaba a caminar.
En aquellos años, Muzo parecía despertar antes que el sol.
Por los caminos bajaban hombres con palas, costales y linternas. Algunos trabajaban dentro de los cortes. Otros esperaban afuera cualquier pedazo de roca que pudiera esconder una veta verde. Había comerciantes que llegaban desde Bogotá y compradores que parecían capaces de reconocer una buena esmeralda desde diez metros de distancia.
En las tiendas se hablaba siempre de lo mismo:
—Dicen que ayer salió una de veinte quilates.
—Mentira.
—Que sí. Verde como una hoja de plátano después de la lluvia.
—¿Quién la encontró?
—Eso es lo que nadie sabe.
Las historias crecían más rápido que las piedras.
Efraín llevaba casi veinte años escuchándolas.
Había visto hombres llegar sin un peso y marcharse semanas después con zapatos nuevos, reloj y camioneta. También había visto otros pasar toda una vida buscando una piedra que nunca apareció.
Por eso su padre le había enseñado algo:
—No persigas la esmeralda, Efraín. Trabaja. Si algún día ella quiere encontrarte, te encuentra.
Aquella mañana de junio había llovido con fuerza.
El agua descendía por la montaña formando pequeños canales de barro. Efraín y otros hombres trabajaban apartando piedras mientras el sonido de las herramientas se mezclaba con el agua.
Pasaron las horas.
Nada.
Continuará.